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¿Qué pretendía el Directorio Revolucionario?

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Durante el proceso de investigación que concluyó con la escritura de mi novela Empecinadamente vivos (Letras Cubanas, La Habana, 2012), acudí muchas veces a información que aparece en Internet, como es de suponer. Allí, repetidamente, me encontré, en textos elaborados por quienes residen fuera del territorio nacional, y por lo general opuestos al gobierno cubano, la afirmación de que las acciones del 13 de marzo de 1957 tenían como objetivo «frenar a Castro», «evitar que Castro (…) se apoderara del poder», y expresiones similares, con mayor o menor crudeza.

Por otra parte, entre los muchos que se han referido a los hechos del 13 de marzo de 1957, dentro y fuera de Cuba, partiendo de una posición favorable al gobierno cubano o, al menos, desde una posición neutral, es constante la referencia a que esas acciones «tenían como objetivo el ajusticiamiento del tirano en el Palacio Presidencial» (véase, por ejemplo, Ecured, la «Enciclopedia Cubana en la Red»).

Cada año, al conmemorarse la fecha, se repiten frases similares. En este 2015, una de las frases repetidas por la radio cubana durante todo el día fue que «la fecha quedó para la historia como el día en que, por unos instantes, no se ajustició al tirano».

En síntesis, para unos, el objetivo era impedir que un «competidor» pasara adelante en la carrera por el poder; para otros, el objetivo era «eliminar al tirano».

No es mi interés evaluar ninguna de las dos posiciones por sí mismas, ni pronunciarme sobre posibles «intereses ocultos» detrás de ellas. De algo sí estoy convencido, y creo mi deber y mi derecho expresarlo: En ninguno de los dos casos se honra al Directorio Revolucionario, a su líder José Antonio Echeverría ni a los patriotas que lo acompañaron en su lucha.

Estoy en contra de cualquier manifestación de magnicidio (y, en general, contra cualquier forma de homicidio, incluidas las legales); además, la historia ha demostrado que nunca es la solución a los problemas de ninguna sociedad. Empero, reconozco que muchos ven, en la muerte de aquel en cuya figura se individualiza un sistema, algo así como una especie de reparación por lo sufrido. Por ello la consigna de ajusticiar a un tirano (o a quien se haya demonizado como tal) cuenta siempre con simpatías y suma adeptos.

Pero difícilmente esa pueda ser la consigna central de un movimiento verdaderamente revolucionario.

Me resulta posible imaginar que, entre algunos miembros menos esclarecidos del Directorio, al igual que entre los miembros de las otras organizaciones que participaron en la lucha contra la dictadura (por favor, historiadores: ¡no solo Directorio, no solo 26 de Julio!), la idea de acabar con Batista haya sido un factor movilizador.

Pero encuentro absurda la idea de que esos combatientes fueran unos locos suicidas capaces de morir solo por eliminar físicamente al dictador, y mucho menos que lo hicieran por impedir que alguien pasara a ocupar un puesto principal en la lucha contra ese mismo tirano.

Y más absurda todavía, e injustificada, es para mí la imagen de un José Antonio llevando a sus compañeros al matadero (y yendo él mismo) nada más que por lograr el magnicidio… O por cortarle el paso a un competidor.

Solo encuentro una explicación para tan disparatadas expresiones: La ignorancia.

Ignorancia con mucho de criminal, me atrevo a afirmar, pues, en la mayoría de los casos, quienes las usan y abusan son formadores de opinión o gente encargada de registrar y evaluar hechos históricos. Claro que también se puede pensar en intenciones aviesas, pero prefiero pasar por alto ese punto e intentar creer que no existen, para no enturbiar el criterio.

Es criminal sembrar en el imaginario popular y entre las generaciones en formación concepciones que, en esencia, disminuyen la grandeza de miras y el valor humano de personas que entregaron lo más valioso que todos poseemos, la vida, en aras de un ideal sublime.

¿De qué ideal hablo? ¿Alguien sabe por qué ideales dieron la vida los combatientes del Directorio y de otras organizaciones revolucionarias que el 13 de marzo de 1957 se enfrentaron a la dictadura batistiana?

Pocos lo saben. Pareciera que no están contenidos en ningún documento.

Pues sí lo están, solo que, es cierto, no siempre es sencillo llegar donde están, no se han reproducido cuanto merecen. Por eso se acude a repetir, sacado de contexto, lo que alguien haya expresado antes, correcta o incorrectamente. O a transmitir, disfrazadas, mezquindades propias o del círculo al cual se pertenece.

Porque la verdad que pasan por alto uno y otros, en Cuba o en el extranjero, es que el Directorio Revolucionario, que durante mucho tiempo encabezó la lucha en La Habana y se extendía a otros lugares del país, era un movimiento revolucionario moderno, no excluyente de nadie que sinceramente quisiera participar de la lucha, sustentado en un caudal teórico explícito, y con objetivos bien establecidos y declarados a la opinión pública nacional y extranjera.

Esos objetivos del Directorio Revolucionario, y que implícitamente hacían suyos quienes se sumaban a él aunque continuaran perteneciendo a otras organizaciones (auténticos y del 26 de Julio, principalmente) se condensan en una expresión: la revolución social.

Revolución social significaba, para los fundadores del Directorio, transformación radical de la sociedad cubana de entonces.

Tanto en el programa del Directorio como en otros documentos y en las manifestaciones públicas de José Antonio Echeverría, tanto en Cuba como en el extranjero, se declara sin medias tintas la concepción que esa organización tenía de la revolución social que el país necesitaba para renacer como nación en el mundo moderno.

Esa concepción estaba elaborada en términos generales desde mucho tiempo antes de que se produjeran los hechos del 13 de marzo. Por tanto, los combatientes del 13 de marzo fueron a enfrentar al tirano, ese día, dotados de un programa revolucionario de acción.

Esa es la verdad histórica.

No era «frenar» a nadie; tampoco era «ajusticiar al tirano».

Era iniciar la revolución social en Cuba. ¡En 1957!

Es hora ya de detenerse a pensar qué significa, y no seguir pasándolo por alto, que en el programa del Directorio Revolucionario aparezca la palaba «socialismo». Hasta entonces ninguno de los que enfrentaban con las armas al gobierno de Batista lo había hecho.

Se puede estar de acuerdo o no con la táctica empleada por el Directorio. Se puede considerar o no acertada la consigna de «golpear arriba». Incluso se puede discrepar de la idea de que la toma del Palacio Presidencial, y el resto de las acciones de ese día, precipitarían la caída del régimen y darían paso a la revolución social pretendida por el Directorio. Pero es inaceptable continuar pasando por alto lo que constituía el objetivo principal de las acciones del 13 de marzo.

Cuando José Antonio afirmaba que «la acción del pueblo nos dará la victoria» no se refería a la victoria contra las armas de Batista, ni a la ejecución de este, ni a ningún otro objetivo limitado. Para él, y para quienes lo acompañaron en su epopeya, no había más victoria que la transformación de Cuba en una nación democrática, sin excluidos, digna y, lo que también se olvida a pesar de que está en los documentos: latinoamericanista y antiimperialista.

Eso era lo que pretendían el Directorio Revolucionario y los demás revolucionarios que se le unieron en la acción, cuando asaltaron la tercera fortaleza militar más importante de Cuba, el Palacio Presidencial.

Ya es hora de que los formadores de opinión y quienes registran o evalúan los hechos históricos honren sus oficios y, olvidados de preferencias y animadversiones personales, registren cuál fue la verdadera tragedia del 13 de marzo de 1957:

La tragedia del 13 de marzo de 1957 fue que, junto a la pérdida de nu número considerable de sus mejores hijos, Cuba perdió, por diferencia de segundos, la posibilidad de iniciar la más importante transformación de toda su historia.

Por ello, sería justo que, cuando se acerca el sexagésimo aniversario de los hechos del 13 de marzo, se vaya pensando en modificar, a favor de la realidad histórica, la frase repetida por los medios:

«La fecha quedó para la historia como el día en que, por la diferencia de unos instantes, no se logró el inicio de la revolución social en Cuba».

Rodolfo Alpízar Castillo

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