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5 de julio: mueren el León de Oriente y el poeta de la Bandera.

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De dos hombres ejemplares recordaremos algunas cosas hoy, porque concurren en este día en el recuerdo histórico: José Maceo Grajales, caído en combate el 5 de julio de 1896; Bonifacio Byrne, poeta de la libertad y de la plena independencia patrias, fallecido también en este día, pero de 1936.

En Loma del Gato, Santiago de Cuba, una bala española cortó la vida del Mayor General José Marcelino Maceo Grajales, combatiente de las tres guerras por la independencia de Cuba, símbolo de coraje y valor para los cubanos.

Carácter, firmeza de ideas, intransigencia y temperamento fueron rasgos que distinguieron a este protagonista de las más heroicas acciones combativas, tanto que le granjearon el mote: León de Oriente.

Amigo, le llama José Martí al hermano del Mayor General Antonio Maceo Grajales al escribirle unos meses antes de la alborada del 24 de febrero de 1895: «Quien ha defendido con valor mi Patria y su libertad de hombre, es como acreedor mío y me parece mi hermano», asegura el Apóstol en carta fechada el 3 de noviembre de 1894.

En 1868 comenzó su carrera militar junto a su hermano Antonio. Ambos permanecieron juntos la mayor parte del tiempo como guerrilleros experimentados, lo cual les permitió ascender, casi paralelamente, desde soldados hasta mayores generales ambos. Discriminaciones por el color de la piel, envidias, prisiones, destierros, persecuciones, e intrigas le forjaron un recio carácter que puso a prueba durante las gestas de la independencia. Los once hermanos se adoraban, pero José y Antonio eran los más cercanos desde niños. Sus nombres se convirtieron en leyendas.

Sobre él, dijo Miró Argenter, cronista de la guerra: «Todos los hermanos se parecían físicamente: el aire de familia, la bravura de la raza, la moral, formaban un haz diamantino agrupados por el afecto familiar, pero José era a la vez que fornido, esbelto; gran tirador, manejaba el machete a la zurda y el revólver a la derecha; excelente jinete y muy rumboso».

Fermín Valdés Domínguez, amigo y compañero en la manigua, diría de José: «Su mirada bondadosa y enérgica descubre su alma buena. Peleó siempre al frente de todos y nos enseñó con su heroísmo cuál era el camino de la gloria».

Máximo Gómez, tan parco en elogios, escribió del León de Oriente a su muerte: «Rara vez en nuestra vida militar se encontrarán unidos en un hombre los nobles dones del sentimiento, lealtad, desinterés y abnegación, junto con las grandes virtudes marciales: el valor, la subordinación, la hidalguía. Nunca faltó a sus deberes como cubano. Después de su hermano Antonio, fue a mí al que más quiso. La Patria ha perdido con él uno de los mejores, más decididos y probados servidores. Murió derribado de su caballo para aparecer mañana más alto y hermoso en la historia de la Patria».

José Maceo, quien había nacido el 2 de febrero de 1849 en San Luis, Santiago de Cuba, tenía 47 años al morir. Sus compañeros de lucha ocultaron celosamente su cadáver para que no fuera profanado por los españoles. Después de cinco enterramientos en diferentes sitios, sus restos reposan en el Panteón de los Veteranos de la Independencia en el Cementerio de Santa Ifigenia.

SI DESHECHA EN MENUDOS PEDAZOS

Bonifacio Byrne nació en Matanzas el 3 de marzo de 1861 y murió en su ciudad natal el 5 de julio de 1936. Después de un período juvenil de iniciación en la poesía modernista, hacia el último lustro del siglo XIX evolucionó hacia la poesía al servicio de la independencia cubana, expresando en hermosos versos sus más íntimas convicciones y sentimientos.

Fue por esa época, en el año 1896, cuando se vio precisado a emigrar a los Estados Unidos por razones políticas al publicar sus encendidos sonetos en ocasión del fusilamiento del patriota Domingo Mejía.

El 29 de enero de aquel año sale de Matanzas en el ferrocarril de Bahía. Al día siguiente embarca para Tampa, donde poco tiempo después se le une su familia.

En el exilio se dedicó a labores separatistas y fundó, en Tampa, el Club Revolucionario, del cual fue secretario. Durante su estancia en esa ciudad trabajó como lector de tabaquería y colaboró en varias publicaciones de la época, entre ellas el periódico Patria, que fundara Martí como órgano del Partido Revolucionario Cubano.

El 3 de enero de 1899, de regreso a su amada Isla, embarca en el vapor Mascotte. Llegó a la Habana el día 4, y el poema Mi Bandera, su más famosa obra, lo escribió ese mismo día en la calle Jesús María No. 9, en Guanabacoa, aunque no se publicó hasta el 5 de mayo, en que apareció en el volumen Lira y espada.

Las dolientes estrofas recogen las vivencias del poeta yumurino, a su regreso a Cuba, recién liberada del yugo español. Al pasar junto a la farola del Morro habanero, Byrne vio que junto a la bandera de la estrella solitaria flotaba la de Estados Unidos, como un símbolo de la ocupación yanqui en la isla. Y de esa vivencia salió su inspiración cuando escribió el poema, con su magnífica imprecación de cierre en el tercer verso: «¡Que no deben flotar dos banderas, donde basta con una: la mía!».

Mi Bandera

Al volver de distante ribera,
con el alma enlutada y sombría,
afanoso busqué mi bandera
¡y otra he visto además de la mía!

¿Dónde está mi bandera cubana,
la bandera más bella que existe?
¡Desde el buque la vi esta mañana,
y no he visto una cosa más triste…!

Con la fe de las almas austeras,
hoy sostengo con honda energía,
que no deben flotar dos banderas
donde basta con una: ¡la mía!

En los campos que hoy son un osario
vio a los bravos batiéndose juntos,
y ella ha sido el honroso sudario
de los pobres guerreros difuntos.

Orgullosa lució en la pelea,
sin pueril y romántico alarde;
¡al cubano que en ella no crea
se le debe azotar por cobarde!

En el fondo de obscuras prisiones
no escuchó ni la queja más leve,
y sus huellas en otras regiones
son letreros de luz en la nieve…

¿No la veís? Mi bandera es aquella
que no ha sido jamás mercenaria,
y en la cual resplandece una estrella,
con más luz cuando más solitaria.

Del destierro en el alma la traje
entre tantos recuerdos dispersos,
y he sabido rendirle homenaje
al hacerla flotar en mis versos.

Aunque lánguida y triste tremola,
mi ambición es que el Sol, con su lumbre,
la ilumine a ella sola, ¡a ella sola!
en el llano, en el mar y en la cumbre.

Si deshecha en menudos pedazos
llega a ser mi bandera algún día…
¡nuestros muertos alzando los brazos
la sabrán defender todavía!…

Tomado de Diario Digital de Cienfuegos por Andrés García Suárez

 

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