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Che, un hombre extraordinariamente humano

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Suelen algunos amigos, y sobre todo muchísimos enemigos, calificar al Comandante Ernesto Che Guevara como un hombre aventurero, rudo y áspero, con el que era difícil mantener una relación cordial. Sin embargo, la rectitud de su carácter y la fidelidad a los principios no deben ser confundidas con el alma noble y buena que lo distinguía.

El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, una de las personas que más cerca estuvo del Che, y quien mejor logró captar la grandeza que había en el héroe de la Batalla de Santa Clara, expresó en sus palabras el sentir de los millones de personas que en el mundo supieron apreciar las verdaderas virtudes que distinguían al jefe de la Columna 8 Ciro Redondo:«Pero, además, añadía otra cualidad, que no era una cualidad del intelecto, que no es una cualidad de la voluntad, que no es una cualidad derivada de la experiencia, de la lucha, sino una cualidad del corazón, ¡porque era un hombre extraordinariamente humano, extraordinariamente sensible!»

Al respecto, el propio Guevara, en un trascendental artículo publicado en el semanario Marcha, poco antes de partir hacia el territorio congoleño, dijo: «Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad».

Su corta vida de apenas 39 años, los diarios, cartas y numerosos documentos que dejó para la posteridad, avalan la idea de que Guevara, lejos de ser una persona ríspida, fue un ser excepcional en todos los ámbitos.

Así, por ejemplo, cuando sufrió un golpe sentimental tan fuerte como la pérdida de su abuela paterna, en 1947, a la que cuidó en su lecho de muerte durante 17 días, abandonó la idea de estudiar ingeniería en la Ciudad de Córdoba y matriculó en la Facultad de Medicina de Buenos Aires.

Ese sentimiento es el mismo que lo impulsa a darle un trato humano y digno a los enfermos de los leprosorios de Lima y San Paulo, este último en plena selva peruana, durante el recorrido que junto a su amigo Alberto Granado realizara por Sudamérica, siendo aún estudiante.

En carta a sus padres, reconocería la validez de aquella experiencia: «Es que despedida como la que nos hicieron los enfermos de la Leprosoría de Lima es de las que invitan a seguir adelante […] Todo el cariño depende de que fuéramos sin guardapolvo ni guantes, les diéramos la mano como cualquier hijo de vecino y nos sentáramos entre ellos a charlar de cualquier cosa o jugáramos al Fútbol con ellos».

Esa filosofía de vida fue también la que lo llevó a los 24 años de edad, cuando recibió el título de Doctor en Medicina, en lugar de ejercer la profesión en una clínica bonaerense, al lado de uno de los mejores especialistas de Alergia de su país natal, a emprender un segundo viaje por Latinoamérica, que concluyó en Guatemala, país donde ya conocía que se iniciaba un proceso nacionalista encabezado por el coronel Jacobo Arbenz.

Su comportamiento, aparentemente extraño, causó incertidumbre entre sus allegados, para quienes era sencillamente inexplicable aquel acto; como inexplicable igualmente fue el grito con el que se despidió de todos ellos desde la ventanilla del tren ya en marcha: «¡Aquí va un soldado de América!» Corría el mes de julio de 1953, y el joven doctor caminaba a encontrarse con la historia.

Luego viajaría a México, donde sostuvo su primera conversación con Raúl, Fidel y otros futuros miembros de la expedición, que trajo como resultado su inmediata incorporación al movimiento revolucionario cubano.

Sobre ese importante encuentro, más tarde escribió: «Charlé con Fidel toda una noche y, al amanecer, ya era el médico de su expedición. En realidad después de la experiencia vivida a través de mis caminatas por toda Latinoamérica, y del remate de Guatemala no hacía falta mucho para incitarme a entrar en cualquier revolución contra un tirano, pero Fidel me impresionó como hombre extraordinario».

Ya como guerrillero, tanto en Cuba como en Bolivia, el humanismo del Che se manifestó en innumerables ocasiones, como ocurrió durante el combate de Alegría de Pío, en el cual se enfrentó a la disyuntiva de su dedicación a la Medicina o al cumplimiento del deber como soldado.

En la Sierra Maestra, además de confirmarse como guerrillero, también curaba a los enfermos y heridos de la tropa o del propio enemigo, además de desempeñarse como odontólogo y médico del campesinado, entre el que abundaban, según él, «mujeres prematuramente avejentadas, sin dientes, niños de vientres enormes, parasitismo, raquitismo y avitaminosis», entre otras enfermedades.

En los combates mostró un profundo sentido de humanidad, tal como ocurrió durante el sostenido contra las fuerzas del sanguinario Sánchez Mosquera, en la zona de Mar Verde. Allí, fiel a este principio que refleja su compañerismo, no vaciló en arriesgar su vida para rescatar el cuerpo herido de Joel Iglesias, ante las miradas atónitas de tres soldados enemigos que, sorprendidos ante su audacia, no atinaron a dispararle.

Con sus subordinados, las relaciones personales cobraban un matiz especial. Podía ser muy duro e intransigente frente a las indisciplinas, pero a la vez muy compañero. Un periodista que visitó su tropa lo describió del siguiente modo: «Todo el campamento rodeaba su paso con una especie de cariño seguro que no necesitaba demostraciones: no había órdenes, ni venias, ni protocolo militar, la guerrilla de La Mesa trasuntaba una disciplina más íntima derivada de los hombres en sus jefes. Fidel, el Che y los demás vivían en los mismos sitios, ellos comían lo mismo, y a la hora de la pelea disparaban desde la misma línea que ellos».

También en Bolivia daría muestras de su extraordinaria sensibilidad.

Durante su último combate, en la Quebrada del Yuro, Bolivia, el 8 de octubre de 1967, el Che se mantuvo combatiendo todo el tiempo, para facilitar que los enfermos e imposibilitados de pelear, de su pequeño núcleo guerrillero, pudieran eludir el cerco.

Al leer su diario de campaña, puede notarse en sus escritos el profundo dolor que le causaba la muerte de los compañeros de gesta, como sucedió cuando cayeron Eliseo Reyes y Carlos Coello, en la selva boliviana, por solo citar algunos casos. Pero, además, en sus páginas puede notarse que la solidaridad del Che con sus hermanos de lucha no conoció límites.

Era su ansia de aliviar la difícil situación por la que atravesaba el combatiente Octavio de la Concepción y de la Pedraja, enfermo de lumbago, la que lo impulsa a no desviarse del camino más fácil, y por el que venía transitando desde hacía varios días, para que este pudiese ir montado en mula, aún con plena conciencia de la peligrosidad que ello entrañaba, por las grandes posibilidades de caer en una emboscada, como en efecto ocurrió.

El respeto que siempre sintió por la vida de un ser humano fue proverbial, y eso lo manifestó fehacientemente en el tratamiento humanitario que dio no solo a los prisioneros, sino incluso a los enemigos. El 26 de junio de 1967 comenzó las anotaciones de su diario especificando «Día negro para mí». Lo afligía la muerte de Carlos Coello.

Ese día, coincidentemente, fueron apresados dos espías que, una vez advertidos, fueron dejados en libertad. No hubo ajusticiamiento ni maltratos ni una ofensa que denotar venganza por el compañero caído.

Es más, cuando debido a una mala interpretación de su orden, consistente en que se le quitara todo lo que fuera de utilidad, ambos detenidos fueron liberados en calzoncillos, la reacción del Che fue de indignación.

Asimismo, el Che fue una persona que, en el decurso de su vida, sintió un profundo amor por la naturaleza y por los animales. Cuando niño no reparaba en reprochar a la abuelita por guisar las palomitas que criaba, o se le veía arriesgar su vida por salvar un gorrión atrapado en el alero de la casa.

Y como padre resultó un ejemplo de hombre cariñoso, dedicado a sus hijos en el poco tiempo de descanso que tenía. Al despedirse para cumplir sus misiones internacionalistas, les pidió crecer como buenos revolucionarios, estudiar mucho, y les recordó que la Revolución es lo más importante, que sean capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo.

Fue, además, el esposo que, junto a las innumerables tareas de los preparativos para la nueva empresa liberadora, aún tuvo tiempo de grabar, para su amada Aleida March, con su propia voz, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda.

Por eso Fidel no dudó en decir, en la despedida del Guerrillero de América, que «si hace falta un paradigma, si hace falta un modelo, si hace falta un ejemplo a imitar para llegar a estos tan elevados objetivos, son imprescindibles hombres como el Che…».

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