DestacadasEfemérides

Días de enero

Compartir en

El grito ¡Se fue Batista! fue el detonador de euforia que se apoderó de los avileños la primera mañana de 1959. Como pólvora encendida corrió de casa en casa en las diversas localidades. Miles de personas fueron inundando calles y parques. En casi todas, un denominador común: los gritos de ¡Viva la Revolución! y ¡Viva Fidel!

Muchos saltaban de tanta felicidad, y otros, aun sin conocerse, se abrazaban. En no pocos ojos asomaban, sin rubor alguno, lágrimas de alegría. En la multitud también estaban presentes, en el recuerdo de familiares y compañeros de lucha, aquellos —en su gran mayoría, jóvenes— que con sus vidas habían contribuido al derrocamiento de la sangrienta tiranía donde torturas, asesinatos y desapariciones eran cuestiones cotidianas. Se hacían realidad las palabras del Apóstol que habían encabezado el sepelio de Rául Cervantes, primer mártir de la Revolución en Ciego de Ávila, en diciembre de 1955: “La sangre de los buenos no se vierte nunca en vano”.

Con Fidel

Tras la noticia de la huida del tirano, se conoció otra que puso en tensión a las fuerzas revolucionarias y al pueblo avileño en general: en la capital del país se intentaba dar un golpe de Estado encabezado por un general batistiano.

Desde Palma Soriano, Fidel desenmascaró el intento: “¡Todo el poder es para la Revolución!”, “¡Revolución, sí; golpe militar, no!”. Ordenó a las tropas rebeldes continuar su ofensiva sin aceptar ninguna otra condición que no fuera la rendición; y convocó al pueblo a iniciar la huelga general revolucionaria. También le indicó estar alerta y seguir las informaciones solo a través de Radio Rebelde.

Esa noche Fidel entró en Santiago de Cuba y habló a miles de santiagueros desde el balcón del Ayuntamiento; de allí partió a ocupar Bayamo, luego de lo cual tomó rumbo a la capital del país con la Caravana de la Libertad. Otras noticias de esos primeros días eran seguidas también con mucha atención por los avileños: en Santiago, convertida en capital provisional de la República, había tomado posesión el Gobierno Revolucionario, que, encabezado por el jurista Manuel Urrutia, tomó medidas muy significativas, como la disolución del Congreso batistiano y la extinción de los cargos de todos los gobernadores, alcaldes y concejales.

Mientras esto transcurría, en las tierras avileñas los sucesos se desarrollaban de forma vertiginosa: el pueblo en las calles, jubiloso y enardecido, respaldando los pronunciamientos de Fidel; las estaciones de la Policía completamente vacías por la huida de sus efectivos hacia los cuarteles de la Guardia Rural, donde los militares se encontraban atrincherados; las ventanas de las casas engalanadas con banderas cubanas, del Movimiento Revolucionario 26 de Julio y del Directorio Revolucionario 13 de Marzo; en muchos hogares dando gracias a Dios, a la Virgen de la Caridad y alumbrando santos; las milicias armadas de las organizaciones mencionadas localizando y deteniendo a esbirros, chivatos y torturadores para que no pudieran escapar de los tribunales revolucionarios, y también tratando de imponer el orden y frenar —a veces de forma infructuosa— las arremetidas contra lugares odiados como los juzgados y casas de connotados batistianos; la ocupación, la noche del día primero, del cuartel de la Guardia Rural de Morón por fuerzas de la Columna No. 11 “Cándido González”, encabezadas por el capitán Roberto León, y el de Ciego de Ávila, el día siguiente, por tropas de la Columna No. 8 “Ciro Redondo”, al mando del comandante Ramiro Valdés, ambas del Ejército Rebelde. La incorporación a la huelga fue total: cerraron los establecimientos productivos, de servicios y escolares.

Llegaron los barbudos

La alegría de los avileños por el triunfo revolucionario alcanzó su clímax al poder recibir, abrazar y compartir en sus hogares con los héroes de la Sierra Maestra. Ello ocurrió durante todo el día 5, cuando ya desde antes del amanecer comenzaron a llegar por la Carretera Central, procedentes de Camagüey, jeeps, camiones, tanquetas, rastras y tanques de la Caravana de la Libertad. De casa en casa, se escuchaban voces que, sin preocuparse por lo temprano de la hora, decían: ¡Oye, levántate que llegaron los barbudos de Fidel! ¡Corre, vístete y vamos a verlo! ¡Date prisa!

A todo lo largo de la Carretera y en lugares próximos a esta como solares y bocacalles, fueron parqueándose los referidos vehículos. La confraternidad pueblo-rebeldes fue indescriptible. Todos querían retratarse con los héroes e incluso les pedían como souvenir —y recibían— balas de las que ellos portaban; quizás hoy se conserven algunas como reliquias patrióticas en hogares avileños, las que, con las correspondientes anécdotas, pasan de generación en generación.

La hospitalidad hizo gala: soldados rebeldes eran llevados como familiares queridos a los hogares donde se les daba alimentos, lavaban ropas y velaban por sus sueños. Así ocurrió en la casa sita en Independencia 106 (Este) donde estuvieron durante varias horas las integrantes del pelotón Mariana Grajales.

Fidel en Ciego de Ávila

Consulte la cronología de las visitas del líder histórico de la Revolución a Ciego de Ávila.

Fidel llegó a la Ciudad de los Portales en la tarde-noche del 5 de enero, en un automóvil, procedente de la ciudad de Camagüey donde se había quedado para entrevistarse con el presidente de la República y el Che; el primero procedente de Santiago y el segundo de la Habana, ambos por vía aérea. Con ellos se reunió en el aeropuerto agramontino, en el avión presidencial, decidiéndose allí cuestiones vitales para el curso de la Revolución.

Su arribo fue por la Carretera Central, vía que siguió hasta la calle Martí donde dobló hacia la izquierda, dirigiéndose hasta la casa sita en calle Cuba 108, lugar de plena confianza, hogar de María Luisa Domínguez y sus hijos, destacada integrante de la Resistencia Cívica y eficiente colaboradora de Pastorita Núñez, cuando meses antes fue enviada acá por Fidel a cobrar el impuesto de guerra.

• Le sugerimos la lectura de: Cuba 108.

Allí permaneció con sus acompañantes, entre ellos Celia Sánchez, durante varias horas: almorzó, repuso fuerzas y realizó llamadas a otros lugares del país para conocer la situación existente e impartir orientaciones.

Su partida fue por la calle Cuba hasta Narciso López, de allí a la Carretera Central, tomando rumbo a Sancti Spíritus con la Caravana.

En su recorrido por la hoy capital avileña hizo breves paradas en lugares donde se encontraban vehículos de la Caravana, e intercambió con combatientes.

El colofón de aquellos primeros días del luminoso enero de 1959 fue la entrada de Fidel en la Habana el 8 de enero, al frente de la referida Caravana, y su trascendental discurso de esa fecha en la Ciudad Militar de Columbia. Palomas blancas a su alrededor y en su hombro fueron símbolos que el pueblo, con su sabiduría característica, interpretó como de muy buenos augurios.

Elaborado por: Mayda Pérez García y Ángel Cabrera Sánchez. Periódico Invasor.

Comenta aquí

*