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Otro asalto a la razón

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3- Otro asalto a la razón

He titulado estas notas “Otro asalto a la razón”, aludiendo a un ensayo imprescindible que nos dejó el pensador marxista húngaro Georg Lukács. Su título es El asalto a la razón. La trayectoria del irracionalismo desde Schelling hasta Hitler y nos revela cómo la filosofía burguesa rompió con la racionalidad de la Ilustración, fue haciéndose más y más reaccionaria, más y más mediocre, hasta que terminó cayendo en brazos del fascismo.

 

Es muy evidente que, en la actualidad, en pleno siglo XXI, vivimos otro asalto a la razón, no guiados por Schelling ni por ningún filósofo irracionalista; sino por una industria del entretenimiento que fomenta en los receptores una adicción invencible por los estereotipos y las fábulas triviales, por el impacto abrumador de las redes digitales, por la fragmentación de los mensajes, por la invasión arrolladora de la cultura chatarra.

 

La carencia de sentido histórico, la desmemoria, el rechazo al más mínimo desafío intelectual, el culto a “vivir el instante” y a todo aquello que es “entretenido”, el vacío, la superficialidad, la tontería, los chismes de los “famosos”, toda esa carga cae día a día sobre las nuevas generaciones y las prepara para recibir el adoctrinamiento del neofascismo y terminar siguiendo a cualquier demagogo.

 

Hace dos años, en la edición del Coloquio Patria que sesionó en la Casa de las Américas, el compañero Gustavo Borges, de la Venezuela Bolivariana, líder de una de las experiencias más exitosas que hemos tenido en la batalla comunicacional, Misión Verdad, habló del “descalabro de los llamados valores occidentales, pretendidamente globales, fundados en las ideas que inspiraron profundos cambios culturales y sociales en la época de la Ilustración… La libertad, la igualdad, la fraternidad, la supuesta confianza en el razonamiento humano, el combate a la ignorancia, las odas al conocimiento, la razón y el criterio propio. Todas estas ideas (…) están en un colapso probablemente terminal”.

 

La demagogia fascista, basada en mensajes simples, muy rudimentarios, con una fuerte carga emotiva, en el más puro estilo de Goebbels, encuentra un terreno propicio en la regresión cultural e intelectual contemporánea.

 

Ignacio Ramonet, en La era del conspiracionismo: Trump, el culto a la mentira y el asalto al capitolio, examina hasta dónde ha llegado el delirio irracional del nuevo fascismo. Hace un repaso de las obsesiones más extravagantes que mueven a los seguidores de estos furibundos movimientos reaccionarios, desde aquellos que creen firmemente en que la Tierra es plana, hasta los que viven alarmados por la conspiración global de criminales y pedófilos del Partido Demócrata, opuestos a los valores familiares y cristianos y a Trump.

 

Frei Betto, en su conferencia “Redes digitales y educación: el secuestro de la subjetividad por el capitalismo”, dijo que “investigaciones realizadas en Brasil arrojan que los niños y jóvenes enviciados con internet presentan una considerable pérdida de la capacidad de memorización, redacción e interpretación de textos, y de expresión oral. Y muestran cada vez menos interés por la literatura. Saben usar un móvil, pero no siempre saben reflexionar”.

 

Esto, obviamente, no sucede solo en Brasil. Los resultados de pruebas internacionales que miden las habilidades de estudiantes de enseñanza media certifican los retrocesos dramáticos a nivel mundial en la destreza para el análisis, en la expresión oral y escrita.

 

Una evaluación de la “comprensión lectora” descubrió que, en Europa, en América Latina, en todas partes, se había descendido en ese índice. Algunos culparon a la pandemia; pero pedagogos acreditados dijeron que el problema es anterior a la Covid-19 y tiene que ver con un modelo educativo que se ha ido haciendo más y más “mediocre”.

 

El hecho es que, en móviles, tablets, en libros de papel, se lee cada vez menos. Y ha bajado la calidad de lo que se lee. Los libros de autoayuda se han convertido en una plaga. Otra plaga son las memorias que les escriben por encargo a los “famosos” para que luego las firmen y las promuevan. La inteligencia, el pensamiento, la auténtica cultura, el humanismo, están rodeados por una marea densa y opresiva.

 

Mientras se verifica ese repliegue global de indicadores que miden la calidad de la enseñanza y sus frutos, la estética del reality show contagia a la política, a los políticos, a la vida privada y a la pública. Una vigorosa amnesia inducida provoca el desinterés cada vez mayor por las humanidades y en particular por la historia.

 

En las redes predomina el intercambio emocional por sobre el diálogo. No invitan a la reflexión. Al contrario, conducen a sus usuarios a reaccionar con furia, rencor, indignación, ante la lluvia incesante de mensajes que cae sobre ellos. A través de las redes, se produce un perverso influjo en la zona irracional del ser humano —y esto es algo que el nuevo fascismo ha aprovechado con mucho éxito.

 

“El odio permea las redes digitales”, subraya Frei Betto. Además, “pueden asesinar reputaciones, inducir a la violencia, exacerbar el individualismo y el narcicismo”. Hay que impedir, nos dice, “que la cultura del odio prevalezca sobre la cultura del respeto y la solidaridad”.

 

¿Cómo cerrarle el paso a la cultura del odio? ¿Cómo levantar aquellas “trincheras de ideas” que Martí consideraba más resistentes y eficaces que las “trincheras de piedras”?

 

Los educadores tienen que luchar contra los efectos negativos de las nuevas tecnologías en la capacidad de concentración de los alumnos, la cual, según muchos estudios, también ha disminuido drásticamente. En este proceso interviene la lógica empresarial de las corporaciones propietarias de las redes digitales, que obtienen ventajas económicas cuando el tráfico se hace más intenso. De ahí que se favorezca la tendencia a pasar rápidamente de un asunto a otro y a rehuir los temas que requieren una mirada más detenida.

Alessandro Baricco habló, con razón, del “surfeo” sobre la información, a partir de la inclinación a deslizarse sobre la masa de noticias y mensajes que llueven sobre nosotros y a no profundizar jamás. La superficialidad y la pereza intelectual son rasgos esenciales de la crisis cultural contemporánea.

Fuente:

Http://www.cubadebate.cu

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