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Renacedor

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La Higuera, nombrada así por la abundancia de árboles de ese fruto en épocas pasadas. Es un caserío, esta aldea perdida ha salido del anonimato. Después de cierto día ha sido mucho más que el sitio donde crecen higos. Es domingo 8 de octubre de 1967.

En la Quebrada del Yuro, en Bolivia se produce un enfrentamiento entre los soldados y los combatientes internacionalistas dirigidos por el Che Guevara. Muchas evidencias sugieren que el Che hubiera podido salvarse. Sin embargo, combatió frontalmente al enemigo, a riesgo de su vida, para cubrir la retirada de Moro, Eustaquio (Lucio Galván) y Chapaco (Jaime Arana).

En el combate, el Che resulta herido y su arma queda inutilizada. En estas circunstancias es capturado y trasladado a la escuelita de La Higuera.

 

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Otro grupo de seis guerrilleros, compuesto por Pombo, Inti, Darío, Benigno, Urbano (Leonardo Tamayo) y Ñato (Julio Méndez Korne), se replegó en otra dirección. El ejército también los hostigó en las siguientes semanas, y el 15 de noviembre murió Ñato. Los cinco restantes sobrevivieron; de ellos, tres cubanos, que lograron finalmente salir de Bolivia hacia Chile.

Reunidos en La Paz, tres generales: el dictador René Barrientos, el jefe de las fuerzas armadas Alfredo Ovando y el jefe de estado mayor Juan José Torres, deciden la ejecución extrajudicial. A media mañana se transmite la orden por radio. “Saludos a papá” son las palabras en clave que recibe el coronel Joaquín Zenteno Anaya, jefe de la Octava División.

El militar convoca a sus suboficiales. Entre ellos, escoge: “Usted a Willy, y usted…”, señalando con el dedo índice al sargento Mario Terán. Estos se dan vuelta y con sendas carabinas ingresan a las aulas donde yacen los prisioneros. Hay mucha adrenalina, ánimos de venganza. Es más menos la 1:30 de la tarde, 9 de octubre de 1967.

Che-prisionero

“Cuando entré el Che estaba sentado en un banco, cabizbajo, con la melena recortándole la cara. Al verme me dijo levantando la cabeza: ‘Usted ha venido a matarme’. Yo me sentí cohibido. No me atrevía a disparar. En ese momento lo vi muy grande. Sentía que se me echaba encima y cuando me miró fijamente me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido podía quitarme el arma. ‘Póngase sereno, usted va a matar a un hombre’. Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. Cayó al suelo con las piernas destrozadas, se contorsionó y comenzó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en un hombro y en el corazón”, relataría años después el verdugo.

El cuerpo recibe seis impactos de bala en el tórax, dos en las extremidades. El resto de la historia se conoce. El Che se hizo símbolo global, nombre vigente, llama encendida en el corazón de muchos pueblos. Su efigie con boina y melena –retrato de Korda– es una de las más reproducidas de la historia mundial.

 

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Todavía camina por La Higuera, donde aún se descubre la hidalguía del guerrillero inmortal. Una imagen da la vuelta al mundo. En el fondo del viejo hospital Señor de Malta una base de cemento en la lavandería sostiene el cuerpo del mártir. Mantiene los ojos abiertos, sugestivamente; como si nunca hubiera muerto. Es martes 10.

Lo han asesinado y transportado, atado al patín de un helicóptero, hasta la ciudad de Vallegrande , capital de la provincia homónima, en el departamento de Santa Cruz. Cientos de corresponsales le toman fotografías. Afuera, los lugareños pugnan por entrar. Cuando lo logran, en fila india se acercan a conocerlo. Creen ver un Cristo.

Amparado por la noche, un comando militar secuestra el cadáver. Ya no tiene manos. Le han sacado además, una mascarilla facial. (Al camión también suben los cuerpos lacerados de otros seis guerrilleros). Planean incinerarlo, mas cambian de opinión a última hora. Un buldócer cava la fosa clandestina. Lo lanzan en amasijo. Junto a los suyos aun en la muerte. Tres décadas dura el vano intento de desaparecerlo.

La escuelita ya no lo es. Sirvió de posta médica y hoy es una especie de museo. Conserva el aspecto que debió tener la fatídica fecha del crimen, pero está pintada, cubierta con techo de tejas y en su interior se evoca la presencia del héroe.

La Higuera era un caserío en 1967 y lo sigue siendo. Pero ahora es destino turístico. La proliferación de representaciones pictóricas, consignas y banderas –sobre todo cubanas y bolivianas–, y el gran busto de San Ernesto de La Higuera que remata el camino de casas alineadas, hacen pensar que si bien allí desapareció físicamente el Che, también germinó una leyenda.

En Vallegrande renace, porque, como dijera Eduardo Galeano, el Che es el más renacedor de todos. Alguien que ha roto el pacto de silencio revela las coordenadas y hasta la remota pista aérea acuden sus hijos, a buscarlo. Cuesta decir que son restos, que está muerto, pues vuelve a reunir su ejército de valientes. Destacamento de refuerzo, los inmortalizó Fidel. Desde la ciudad de Santa Clara, en su patria cubana, fulgura para la eternidad el valor de su ejemplo.

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